Insistió en acompañarme a mi casa. Y yo estaba muerta de miedo. Pero por alguna extraña razón, sabía que él no me haría daño. Lo sabía.
- Puedes pegarme. - soltó.
- ¿Quuéé? - Estaba paralizada.
- He dicho que puedes pegarme, si quieres. Nunca pensé que la coca le afectase tanto a sus hormonas. Te debe una disculpa muy grande. Pero aún así, él no te haría daño.
- No quiero volveros a ver. Y como esto no se cumpla, llamaré a la policía. Os aseguro que tampoco le gusta que le toquen la moral.
- Lo siento. Pero yo tampoco hubiera permitido que te nadie tocara. Sólo puedo hacerlo yo.
- ¿Perdona?
- Reconócelo, te atraigo. Pero no te preocupes, tú a mí también.
- No. Eres un cerdo y un capullo. No me atraes, me das asco. ¿Te crees que soy tonta verdad? ¿Crees que como me salvaste ya te debo la vida entera? Te equivocas, porque eres un gilipollas.
Comenzó a reírse, como si fuera una broma estúpida entre amigos. Estaba enfadada, sentía rabia, pero no quería abandonarle.
- Eres tan dulce cuando te enfadas. Creo que me merezco una recompensa.
- ¿Qué? Que te den.. - me había dado cuenta que ni le conocía, ni sabía su nombre.
- Jeremy?
- Sí, eso.
Llegamos a la puerta de mi casa y era el momento de que se fuese de vuelta con sus estúpidos amigos.
- ¿Al menos dame tu teléfono, no preciosa?
